Aunque dejó de ser la capital de Brasil en 1763 en detrimento de Río de Janeiro, Bahía sigue mereciendo un enorme respeto. Mantiene en pie sus iglesias barrocas y sus viejas casas señoriales, aunque algo desconchadas, eso sí, y sigue irradiando una contagiosa energía que le hace merecedora de capital cultural del país. Se palpa paseando por las calles, donde nos acompañarán los aromas de la sabrosa cocina mestiza y la música de raíz afrobrasileña, nacida en las plantaciones de azúcar donde trabajaban los esclavos.
Este viaje puede proseguir con una pequeña travesía en lancha rápida hasta el litoral virgen de la isla de Boipeba y las playas de Morro de São Paulo, un animado pueblo donde no hay coches y cuyos restaurantes se asoman a unas aguas que permiten desde el baño más tranquilo hasta la práctica de surf (depende de la playa que escojamos, de la Una a la Cinco, que tienen denominación numérica).
Tierra adentro, Bahía nos abre las puertas a la ciudad minera de Lençóis, impregnada de aroma a delicioso café, y al parque nacional Chapada Diamantina, una boscosa meseta cuyas aguas descienden por el accidentado relieve a través hermosos arroyuelos que sortean burbujeantes cascadas y forman al fondo piscinas naturales. Nunca te olvidarás de ese baño en sus aguas transparentes…










