Parece que Buda protege Luang Prabang, impidiendo que entren los demonios que han asaltado otras ciudades del sudeste asiático. Ni hay masificación ni frenesí en esta ciudad declarada Patrimonio Mundial por la Unesco donde la petanca fue el deporte rey (Francia colonizó el país en el pasado) y el trato por parte de la población local al viajero es exquisito, muy suave en las formas y casi siempre con una sonrisa enmarcando el rostro.
La antigua capital del reino de Laos –de apenas 80.000 habitantes– también se aprovecha de su posición sobre una alargada y estrecha lengua de tierra para no seguir creciendo; sus límites son obvios y además le confieren una particular belleza. A un lado fluye el denso Mekong; al otro, discurre, también cargado de agua, el Nam Khan. Y de fondo, la selva. Así no hay quien asalte su proverbial paz, pero descuida que hay preparadas las suficientes actividades para que tampoco te adormiles demasiado.









