En este Shangri-La rodeado de picos nevados entramos en una época pretérita en la que los arqueros aún son héroes y hablan las divinidades reencarnadas. La panorámica desde la cabina del avión antes de aterrizar en Bután es el primer ‘satori’ (iluminación) del viaje, con la amplia cordillera de Himalaya desfilando ante nuestros ojos. De Paro salimos en coche disfrutando del paisaje creado por la confluencia de los ríos Chuzom y Thimpu. Este último da nombre al centro político, religioso y cultural del país, habitada por poco más de 100.000 personas. Los monjes se visten con túnicas carmesí y los miembros del gobierno igualmente con vestimenta tradicional, mientras que en sus tiendecitas encuentras tarjetas SIM junto a accesorios budistas.
Los interminables arrozales y campos de guisantes dulces marcan el camino flanqueado por granjas a Punakha. Situada a 1.300 metros sobre el nivel del mar, fue la capital de Bután hasta 1955; tal elección fue debida a su clima templado, ideal como refugio de invierno del principal abad del país y de su séquito de mil monjes, para quienes se construyó una fabulosa fortaleza monástica. La ciudad de Paro encarna como pocas la mezcla entre lo nuevo y lo viejo del país. La fortaleza Rinpung Dzong fue escenario de la película ‘Pequeño Buda’, de Bernardo Bertolucci, y el monasterio de Taktshang es de visita obligada para los habitantes de Bután al menos una vez en la vida. Se dice que el gurú Rinpoche llegó hasta aquí subido a lomos de una tigresa para meditar, y por eso es conocido como la Cueva del Tigre.














